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20120602

Entonando la Sinfonía del Adiós.







El término "sutil" procede del vocablo latino "subtilis" haciendo referencia a alguien o algo que es sumamente delicado, ingenioso, tenue y sobre todo perspicaz a la hora de transmitir su mensaje o sus intenciones. Quizás se pueda considerar el opuesto de lo evidente o lo palpable frente a lo insinuado y lo implícito. Y en  el siguiente refran se condensa todo su sentido más especial y musical:


"A buen entendedor, pocas palabras bastan...".


Ser sutil, ese arte que implica captar lo que no se dice, percibir lo que no se ve, denotar lo que acontece... para así comprender o ver con claridad el sentido más profundo de las cosa Y cuando uno mismo es el que tiene que ser sutil significa decir las cosas con tacto, delicadeza, perspicacia e ingenio. Es mostrar pero no enseñar, es indicar pero no señalar...creo que es todo un arte, muy en desuso en nuestros días.


Y aunque es bien cierto que no todo el mundo puede o sabe ser sutil y que por otra parte, hay personas con las que no cabrá serlo, al ser incapaces de entender una simple sugerencia o indirecta. Pero sí sabemos emplear la sutileza y se nos sabe entender, el diálogo resultará un sugestivo ejercicio en el que sin haber nada explicito, todo quedará entendido. No es como la telepatía pero resulta un buen ejercicio mental, aunque cuidado con malas interpretaciones.


Si tuviera que ejemplificar el empleo de la sutileza, como el refrán del título: “A buen entendedor, pocas palabras bastan”…no dudaría en hacerlo con la siguiente anecdota:


En el año 1792 los músicos de la orquesta de Franz Joseph Haydn, se encontraban terriblemente enfadados porque el Duque les había prometido vacaciones y continuamente iba posponiéndolas. Los músicos, hartos de soportar la situación, pidieron a Haydn que hablara con él y que mediara para que les diese un respiro.


Haydn pensó por un instante y decidió dejar que la música hablara por sí misma y por todos ellos y fue de esta forma como se puso a la tarea de escribir la “Sinfonía del adiós”.


Y el día del estreno de la obra dio comienzo el concierto con toda la orquesta sobre el escenario, pero a medida que avanzaba la partitura, Haydn estipuló en ella ir reduciendo el número de instrumentos que iban sonando cada vez, a medida que avanzaba la obra.


Cuando cada músico acababa su parte, apagaba la vela colocada frente a su atril y salía de escena. Hicieron esto uno a uno hasta que el escenario quedó completamente vacío. El Duque, que tonto no era, entendió el mensaje y les concedió esas vacaciones.


Que más se puede decir: que a buen entendedor, pocas palabras bastan...y en esta ocasión fue suficiente con la música.