Observamos el mundo y, al mismo tiempo, lo interpretamos. Hay fotografías que no necesitan que suceda nada extraordinario. Solo hace falta levantar la cabeza hacia el cielo y dejar que algo se revele. Anoche, por ejemplo, encontré un pez. No estaba allí, por supuesto. Eran solo unas nubes. Pero su forma tenía algo tan especial que mi mirada dejó de verlas como una simple formación de cirros. Allí estaba, suspendido entre la luz y la sombra, uno de esos peces Koi que parecen deslizarse lentamente por los estanques de las pinturas japonesas. Sus aletas se abrían con una delicadeza casi irreal. El contorno parecía trazado con un pincel cargado de tinta muy diluida. No había líneas definidas, sino sugerencias, transparencias y movimiento. Lo que yo estaba experimentando tiene incluso un nombre en la Psicología Cognitiva: pareidolia . Un fenómeno de la percepción por el que nuestro cerebro busca patrones conocidos en formas ambiguas o aparentemente aleatorias. Nos ocurre con mucha frecuenc...
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