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| Observamos el mundo y, al mismo tiempo, lo interpretamos. |
Hay fotografías que no necesitan que suceda nada extraordinario. Solo hace falta levantar la cabeza hacia el cielo y dejar que algo se revele. Anoche, por ejemplo, encontré un pez.
No estaba allí, por supuesto. Eran solo unas nubes. Pero su forma tenía algo tan especial que mi mirada dejó de verlas como una simple formación de cirros. Allí estaba, suspendido entre la luz y la sombra, uno de esos peces Koi que parecen deslizarse lentamente por los estanques de las pinturas japonesas.
Sus aletas se abrían con una delicadeza casi irreal. El contorno parecía trazado con un pincel cargado de tinta muy diluida. No había líneas definidas, sino sugerencias, transparencias y movimiento.
Lo que yo estaba experimentando tiene incluso un nombre en la Psicología Cognitiva: pareidolia. Un fenómeno de la percepción por el que nuestro cerebro busca patrones conocidos en formas ambiguas o aparentemente aleatorias. Nos ocurre con mucha frecuencia al mirar las nubes, pero también una silueta indefinida puede convertirse en un rostro, una roca en un animal, una sombra en una figura humana.
No es que la nube tenga realmente forma de pez.
Es nuestra mirada la que encuentra el pez.
Y quizá esa sea una de las cosas más fascinantes de hacer fotografías: no siempre fotografiamos únicamente lo tangible, lo que está delante de nosotros. A veces fotografiamos también aquello que nuestra mente ha descubierto allí.
La cámara registra la nube.
La mirada encuentra al Koi.
La explicación atmosférica es bastante menos poética. Estas nubes pertenecen al género Cirrus: nubes muy altas, formadas principalmente por cristales de hielo. A esas alturas, los vientos pueden estirar y deshilachar esos cristales hasta producir esas formas finas, fibrosas y sedosas que muchas veces recuerdan a pinceladas, plumas o largas colas.
Son nubes que parecen dibujadas. Y cuando la luz del atardecer las atraviesa, pueden teñirse de tonos rosados, dorados, violetas o púrpuras. La atmósfera hace su trabajo. Después llega nuestra imaginación.
Tal vez esa sea la verdadera magia de la pareidolia: recordarnos que mirar nunca es un acto completamente pasivo.
No estaba allí, por supuesto. Eran solo unas nubes. Pero su forma tenía algo tan especial que mi mirada dejó de verlas como una simple formación de cirros. Allí estaba, suspendido entre la luz y la sombra, uno de esos peces Koi que parecen deslizarse lentamente por los estanques de las pinturas japonesas.
Sus aletas se abrían con una delicadeza casi irreal. El contorno parecía trazado con un pincel cargado de tinta muy diluida. No había líneas definidas, sino sugerencias, transparencias y movimiento.
Lo que yo estaba experimentando tiene incluso un nombre en la Psicología Cognitiva: pareidolia. Un fenómeno de la percepción por el que nuestro cerebro busca patrones conocidos en formas ambiguas o aparentemente aleatorias. Nos ocurre con mucha frecuencia al mirar las nubes, pero también una silueta indefinida puede convertirse en un rostro, una roca en un animal, una sombra en una figura humana.
No es que la nube tenga realmente forma de pez.
Es nuestra mirada la que encuentra el pez.
Y quizá esa sea una de las cosas más fascinantes de hacer fotografías: no siempre fotografiamos únicamente lo tangible, lo que está delante de nosotros. A veces fotografiamos también aquello que nuestra mente ha descubierto allí.
La cámara registra la nube.
La mirada encuentra al Koi.
La explicación atmosférica es bastante menos poética. Estas nubes pertenecen al género Cirrus: nubes muy altas, formadas principalmente por cristales de hielo. A esas alturas, los vientos pueden estirar y deshilachar esos cristales hasta producir esas formas finas, fibrosas y sedosas que muchas veces recuerdan a pinceladas, plumas o largas colas.
Son nubes que parecen dibujadas. Y cuando la luz del atardecer las atraviesa, pueden teñirse de tonos rosados, dorados, violetas o púrpuras. La atmósfera hace su trabajo. Después llega nuestra imaginación.
Tal vez esa sea la verdadera magia de la pareidolia: recordarnos que mirar nunca es un acto completamente pasivo.
Observamos el mundo y, al mismo tiempo, lo interpretamos. Ponemos recuerdos, símbolos y formas conocidas sobre aquello que es incierto.
La nube cambia.
El viento la estira.
El Koi empieza a deshacerse.
Dentro de unos minutos ya no habrá pez.
Solo quedará el cielo.
Y esa me pareció una buena razón para hacer esta fotografía.
Conservar durante un instante algo que nunca estuvo allí. Aquel pez de agua y de hielo, pintado con tinta invisible sobre el cielo.
La nube cambia.
El viento la estira.
El Koi empieza a deshacerse.
Dentro de unos minutos ya no habrá pez.
Solo quedará el cielo.
Y esa me pareció una buena razón para hacer esta fotografía.
Conservar durante un instante algo que nunca estuvo allí. Aquel pez de agua y de hielo, pintado con tinta invisible sobre el cielo.
Pez en el cielo,
nada entre luz y sombra,
nube de agua.
Haiku @Neuriwoman
Fotografía en Rincón de la Victoria


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